Cada vez que una fábrica textil o de confecciones cierra en América Latina, la explicación suele repetirse casi como un dogma: “es imposible competir con China porque allí los trabajadores cobran salarios miserables”. Sin embargo, esa afirmación ya no refleja la realidad de la mayor potencia manufacturera del planeta. Entonces, en un mundo que aplica aranceles que enterraron las normas del comercio internacional, A. Latina tiene que recuperar la iniciativa.

La producción china, por su magnitud y desarrollo, ha llegado a una eficiencia y escala nunca registrada en la historia de la industria. Por esto, es preciso que los países que quieran preservar sus industrias recuperen la iniciativa y activen mecanismos eficientes, tomando en cuenta que los EE.UU. y gran parte del mundo han resuelto que la OMC ya no existe.

Actualmente, un operario industrial chino percibe ingresos que, según la región y la especialidad, oscilan entre los US$ 800 y los US$ 1.100 mensuales. En los costos laborales pesan también los aportes patronales obligatorios destinados a jubilación, salud, seguros y fondos de vivienda, que incrementan el costo laboral entre un 30% y un 40%. Eso sí, en numerosas fábricas, además, los trabajadores reciben alojamiento, alimentación y transporte subsidiados, si provienen de zonas alejadas.

No se trata, por lo tanto, de una estructura basada exclusivamente en mano de obra barata. La verdadera ventaja competitiva de China comenzó a construirse hace más de tres décadas mediante una política industrial de largo plazo. Mientras buena parte de Occidente trasladaba su producción a Asia buscando reducir costos, el gigante asiático aprovechó ese proceso para desarrollar el ecosistema manufacturero más grande y eficiente del mundo.

Hoy, las principales regiones productoras de calzado concentran miles de empresas que producen a muy grande escala –y por lo tanto a precios ultracompetitivos- fibras, hilados, tejidos, avíos, maquinaria, moldes, confecciones, químicos, envases y toda la gama productos y servicios que requiere una fábrica. Esa integración de toda la cadena permite reducir tiempos, minimizar costos de transporte, acelerar el desarrollo de nuevos productos y producir millones de pares con una eficiencia difícil de igualar.

A ello se agregan infraestructura de primer nivel, puertos altamente eficientes, energía relativamente competitiva, una fuerte incorporación de automatización y una productividad que continúa creciendo año tras año. Esa combinación explica gran parte de la diferencia de costos.

Hasta hace poco, las investigaciones internacionales por subsidios estatales o prácticas de dumping en determinados sectores se podían dirimir en el seno de la Organización Mundial del Comercio, OMC, para aplicar derechos compensatorios o medidas antidumping. Sin embargo, en los tiempos resientes los Estados Unidos y los países europeos, grandes mentores de la organización, han puestos sus reglas en desuso. En el futuro habrá que estudiar cómo se sostiene el comercio internacional, que desde el viejo GATT buscaba infructuosamente alcanzar algún tipo de armonía.

Sin embargo, reducir toda la ‘competitividad china’ a la concreción de prácticas de dumping es desconocer la magnitud de su transformación industrial, por lo tanto es hora de buscar soluciones puertas adentro de los países. Y aquí, especialmente, nos ocupa -y preocupa- América Latina.

En numerosos países de la región, las industrias enfrentan elevadas cargas tributarias, costos financieros muy superiores a los de sus competidores, infraestructura insuficiente, presión burocrática, elevados costos logísticos y, en algunos casos, políticas cambiarias que abaratan artificialmente las importaciones y encarecen la producción local. El resultado es que empresas medianas o pequeñas terminan compitiendo, prácticamente sin herramientas, contra conglomerados que producen para mercados de cientos o miles de millones de consumidores.

Frente a ese escenario, la solución no puede ser empobrecer a los trabajadores reduciendo salarios para acercarse a los costos asiáticos. Una economía con salarios deprimidos también tiene consumidores más pobres, menor demanda interna, menos inversión, menor capacidad de innovación y no puede planificar un futuro de crecimiento. La competitividad basada únicamente en bajos ingresos laborales suele convertirse en una carrera que nunca puede ganarse.

El verdadero desafío consiste en aumentar la productividad sin deteriorar el nivel de vida de sus trabajadores. Eso requiere reglas de juego estables durante décadas, financiamiento a bajo costo para invertir en tecnología, infraestructura moderna, simplificación administrativa, una estructura tributaria que distribuya de manera más equitativa la carga fiscal y una administración racional del comercio exterior.

Las pequeñas y medianas empresas -que generan la mayor parte del empleo industrial en América Latina- necesitan un entorno que incentive la inversión y la formalización, mientras que el combate a la evasión y la revisión de beneficios fiscales injustificados deberían permitir que el esfuerzo tributario no recaiga desproporcionadamente sobre quienes producen, invierten y generan trabajo.

La discusión tampoco debería limitarse a la apertura o al cierre de las importaciones. Los países tienen derecho a utilizar mecanismos de defensa comercial cuando existen daños comprobados para sus industrias. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la competencia internacional y la preservación del entramado productivo nacional, especialmente en los sectores de uso de mano de obra intensiva.

La experiencia china deja una enseñanza que muchas veces pasa inadvertida: ningún país construyó una potencia industrial reduciendo los salarios de sus trabajadores y la seguridad social. Lo hizo invirtiendo en productividad, infraestructura, innovación, educación, ciencia y tecnología, y planificación de largo plazo.

Quizás esa sea la principal reflexión para América Latina. La discusión no debería centrarse en cuánto gana un obrero chino, sino en qué políticas públicas permiten que una empresa latinoamericana pueda competir, invertir y crecer sin perder rentabilidad y, al mismo tiempo, ofrecer empleos de calidad. Solo así será posible sostener una industria textil, de confecciones y moda capaz de enfrentar con éxito los desafíos de una economía cada vez más globalizada.
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Financial Times / ayg-group / Msure / ebs.publicnow / Comunidad Textil

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